

Eunice Odio, la trémula, la telúrica, la errante, la migrante, la celeste. Un gran espíritu centroamericano para escudriñar, contemplarla, leerla y admirarla. En el año 2019, justo antes de la pandemia, se suscitaron actos protocolares en diversas partes (México, Panamá, Salamanca) para celebrar su centenario. En su natal Costa Rica, los Correos y Telégrafos, le dedicaron un sello postal, se dieron recitales y reediciones de sus libros. Se publicó en particular el tomo titulado Territorio de voces y fuego, Homenaje a Eunice Odio bajo el sello Estucurú con poemas inspirados en ella y contó a su vez con poemas suyos vertidos a 29 lenguas: albanés, alemán, árabe, catalán, chino mandarín, dulegaya, estonio, francés, gallego, griego, guaraní, inglés, italiano, japonés, maltés, mapuche, maya kaqchikel, mixteco, náhuatl, otomí, polaco, portugués, quichua, rumano, ruso, zapoteco; un esfuerzo loable por parte de varios traductores que rindieron honor a la poesía de Eunice Odio. Desde antes y entonces, se ha suscitado el interés por difundir su obra, por traducirla a diversos idiomas, siendo materia de estudios, conferencias y así ha ido in crescendo el impacto unánime de su verbo, de su obra, no sólo en la lengua española, sino en otros ámbitos. La universalidad de su obra se hace palpable cada vez más.
Según una de sus grandes antologadoras y especialistas, la Dra. Peggy von Mayer Chaves, nos dice:
“Eunice Odio vivió para la poesía, que asume como un “destino implacable”, a tal punto que las palabras siguientes se cumplieron indefectiblemente, tanto en la consecución y perfección de los grandes poemas, como en el precio que tuvo que pagar, experimentando la miseria extrema:
“Si me dieran a elegir, entre formar parte de los poderosos de la Tierra y ser parte de los que pueden dar vida nueva a las palabras, no un momento vacilaría. Y si me dijeran que me dan un gran poema grande, elijo el poema grande, aunque sólo sea Uno.”
Javier Alvarado
***
PRELUDIOS
I
Óyeme esta canción que en mí te nombra
carne para la fruta necesaria.
Cuando la soledad
bajo tu nombre oída y apretada,
Cuando yo era como niño enterrado
a quien llaman por su nombre pasado,
y responde, y no se oye en sí mismo;
Y mi mano en el fondo,
confundida,
tenía ya atisbo, llave, forma mía,
Y se sentía más arriba del pecho y del abrazo
como corona alegre y consumada.
Tú me llamabas a tu nombre,
y vine,
con clara identidad de nacimientos,
con la veraz acostumbrada gracia
con que sueñan su honor las catedrales.
Tú eres ya de día junto a la noche.
Ya soy contigo el día,
y en virtud de la ausencia en que me evoco
miro cómo mi forma me comparte,
cómo respiro en pelo y a mansalva,
por dentro de mi voz y no a lo largo.
III
Tiende el oído y óyeme esta canción
que es como semilla de estaciones.
Que es como la casa de verano
donde me crece de la mano un niño,
y el alma da empujones a la orilla,
y es como piel el alma –no se siente.
Entraremos de pronto en el verano como árboles
vegetalmente abiertos de oídos y de polvo,
Porque todo refluye hacia el arribo,
asciende el vientre a capital de fruto
y el aire hacia ecuación de golondrina.
¡Brotes sacramentales de la hierba,
oh, dádivas subiendo de la entraña,
suma de transitados alimentos!
Y a la altura del pecho y la labranza
semilla de silencio y luz desierta.
Todo regresa hasta su forma exacta.
La vida retoma su ambición pequeña
de ser, del todo, vegetal profundo,
recóndito edificio y luz abierta.
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